sábado, febrero 26, 2005

Rocio

Dado lo sucedido, es hora de hablar de vuelta de ella.

Esto va a ser raro. No sé si voy a tener ni tiempo ni ganas de contar todo, pues es largo... Voy a ver, pero, como sino no tiene gracia, voy a empezar por el principio.

Supongo que recuerdan a Rocio: ella iba a irse a Mendoza a vivir este año, y me despedí de ella el 1 de enero. De hecho fue, pero algo pasó después.
Rocio no es como Mariana. No es el ángel perfecto, suave y de mirada transparente. Es muy hermosa, cierto, pero de una belleza mucho más terrena y menos etérea. Lo que en verdad me gusta de ella es, pues, como me buscó, como se interesó por mi, y lo cariñosa y dulce que es.

Bueno, pues, cuando nos separamos, en el alumbramiento del año, yo sabía que ella tenía un amigo, Juanchi, al que todos menos yo conocían. Era un año menor que yo, y por tanto que ella. Tanto hablaron de su amistad que pensé si no habría algo raro, pero nadie dijo nada...
Y a la vuelta de San Clemente me entero que Rocio había estado, poco tiempo pero había estado, de novia con Juanchi.
Es doblemente increíble la noticia: se suponía que Rocio, sabiendo que me gusta, pondría las cosa en claro: somos amigos. Sin embargo, no hacía más que decirme cosas muy cariñosas, inútilmente cariñosas, y no me dijo nada sobre Juanchi. Ni una palabra. Por otro lado, Juanchi es menor, se nota.
Pues bien, así son las cosas hasta que un día, este lunes, me enteré que Rocio estaba en Bs As. En la casa de Juanchi. Hablaba con ella por MSN, así que quedamos en que iba a venir a casa el martes.
El martes pasó Mariana por casa, a buscar una carpeta: fue lo mejor que pasó aquél día. Hablé con ella más de lo que hablé con Rocio, a pesar de que, con tres horas de retraso (Juanchi vive a cinco cuadras de acá), pero vino a casa y estuvo varias horas.
Estuvo, pero no se notó. Cortada, no hablaba, no preguntaba ni decía, como es usual en ella, pavadas más o menos graciosas. Mi hermano y Mondi, oportunamente colados, no me dejaron un sólo rato sólo: únicamente para hacer como el treintiuno y poner la música que entienden como romántica: Arranca Corazones, de Ataque 77.
Estuvimos jugando al truco toda la tarde: fué lo único que hicimos.
Al día siguiente, nada digno de mención pasó. Tampoco el otro, hasta las diez de la noche, más o menos. Y un rato después de que subiera todavía no me había dado cuenta de lo raro que estaba pasando, pues acostumbrado a que viniera gente a tocar el timbre a mi hno a cualquier hora y quedarse, no advertí que ahí, por algún extraño motivo, estaba el susodicho Juanchi.

Esa escena fue digna de telenovela. No recuerdo como surgió, pero Juanchi me empezó a contar de sus ambiciones de escritor. Me hizo leer un cuento que me encantó. Descubrí que le gusta la música celta, que le gusta Nightwish, Tolkien, el quenya, que tiene el vicio de llevar la mochila con sus escritos a todos lados... Cada cosa que hablábamos más descubría que era igual a mi. Y luego algo todavía más sorprendente: que sintiendonos inevitablemente amigos, empezamos a hablar de Rocio.
La conoció como yo: ella se le acercó. Es como si eligiera: vos vas a ser mi amigo. También le empezó a gustar como a mi: pensando que el cariño de ella significaba que gustaba de él. Pero en este caso fue al revés: Juanchi nunca estuvo muy convencido de que quisiera a Rocio.
Y el motivo por el que estuviera en mi casa había sido, justamente, ella. Ese día, más temprano, habían llegado (porque estaban de vuelta de novios) a una situación bastante íntima, en el momento en que el padre llegó a la casa. Por otro lado, Juanchi recapacitó y se sintió mal, porque descubrió, dice, que no la amaba y estaba usándola por placer. Se lo dijo a Ro... que iba a hacer.
Y Rocio se sacó. Así que Juanchi huyó de la casa, y el primer timbre que atinó a tocar fue el mío.
Unas horas más tarde Juanchi volvió a su casa. Por chat me dijo Rocio que al día siguiente (el viernes) nos íbamos a ver.

A las doce del mediodía, mi hermano me despierta y me dice: "Rocio está esperando abajo". Me cambié y bajé. Después de un rato en la puerta del colegio volvimos. Preparé mate. Hablamos poco, pero de golpe veo que tenía húmedos los ojos. Le pregunté que pasaba con algo de rudeza, que tanto odio, pero me acerqué, esperando. Empezó a llorar, cada vez más. Estaba hermosa. Se me acercó, acercó mi silla y me abrazó; la abracé y la sostuve, mientras lloraba largo rato en silencio.
Estuvimos estrechados mucho tiempo. Luego se levantó y fue al baño; a mientras caminaba de vuelta lloraba de nuevo. La volví a abrazar, y así varias veces. En el sillón del living se serenó un poco, y me empezó a contar.

No voy a repetir lo que me contó, porque ya lo saben: si han estado alguna vez deprimidos, si han visto alguna vez el mundo acabarse, o seguir más allá del su alcance, ya lo saben. Es que los pensamientos lúgubres inspirados por la tristeza son los mismos, y me veía de nuevo reflejado en mi querida doliente. Sí, la quiero mucho, pero ayer aprendí algo sobre nuestra amistad.
Pero había algo nuevo en su tristeza, una especie de celos a Juanchi porque se hiciera amigo mío, y viceversa. Se sentía, decía, como si ella no le interesara a nadie (no sólo la familia la había abandonado, sino las amigas: es realmente raro que no haya ido a lo de antonella ya que estaba en BsAs). Como si su muerte no alterara nada. Y entonces ¿Para que vivía? ¡Cómo recordé a Mariana en esos momentos...! Pero tuve la prudencia de no evocarla. Sólo le dije sus palabras, la forma en que Mariana me sacó adelante: para ser felices, sólo para eso, seguimos viviendo. No era cierto que a nadie le importara ella, pero no sólo eso, sino que su vida no era eso. "No quiero vivir por inercia. Y vivo por inercia".
Cuando ya Rocio empezaba a tranquilizarse del todo, suena el timbre: si han visto telenovelas, saben también quien lo tocaba: Juanchi. Subió. Empezamos a preparar la comida, jugamos a la pc, y en un momento dado Juanchi empieza a mostrarme escritos que había traído. Y dibujos. Y me olvidé de que ese, justo ese, era el argumento de Rocio para su dolor. Que estuve mal ¡Lo sé! Pero, fue tan sincero mi olvido, que más aún lamento lo que llevó a Rocio a dolerse por algo tan nimio. Quince minutos más tarde me hace notar ale que Rocio se había ido de la cocina, y estaba sola. Se había tirado en mi cuarto, y ahí fuimos inmeditamente. Nos quizo echar: se acusó de ser inútil, de ponerse en el medio cuando teníamos tantas cosas interesantes para charlar: que estabamos felices, que nos fueramos. No le hicimos caso. La destapamos todas las veces que intentó esconderse, y la sostuvimos todas las veces que intentó escaparse. Al principio en forma de broma, luego más seria, Rocio repitió mil veces, sin sentido, sus estúpidos argumentos. Se tiró en la cama de abajo, y nos quedamos sosteníendola.
Todo era juego, un terrible juego en serio. Tan onírico, tan falso. Ella estaba ahí, deseperada, pidiendo su alma a gritos atenciones, compañía, cuidados. Lo que siempre pidió y pedirá, aquello por lo que no me contó su noviazgo con Juanchi, por lo que fue siempre tan cariñosa. Por suerte, Juanchi es franco y desinhibido. Yo todavía no.
Ella tirada en la cama, empezó a llorar. Con dulzura, acariciándola, la teníamos, para que no huyera: varias veces lo intentó. Sus exigencias se tranformaron en ruegos, en llanto. Apenas le hablábamos, para decirle que no dijera lo que decía. Y no quería mirar a Juanchi, y miraba a Rocio, hermosa como siempre, tendida débil. Llevaba una musculosa, casi sin breteles, el pecho agitado... Con cuanta dulzura se insinúa lo profano, sin promiscuidad, casi con compasión. Pero, así en silencio, sabíamos la situación: y al sostenerla, la acariciabamos nuevamente, y la besamos muchas veces. Hasta empezamos uno de los más sucios juegos, señalando su cuello, nombrando su cuerpo, bajando al pecho firme.
Cuando ya empezaba la escena a languidecer, pidió ir al baño. Creyendola tranquilizada, la dejé ir: escapó hacia la puerta, que habían (oportunamente, como siempre) abierto ale y mondi. Estaba descalza, y no fue a la calle. La perseguí escaleras abajo y se subió al ascensor... Un segundo nos miramos, sin saber qué hacer, juanchi y yo. Le pedí a mondi que la atajara abajo, que se quedara allí: jamás iba a ceder un ápice permitiendole a mi rival alcanzarla sin mi. Corrí escaleras arriba, trabé el segundo ascensor, y subí hasta que la oí, sentada en el séptimo, en el borde de la escalera. Se había caído, corriendo, y lástimado las piernas. Casi no se podía mover ¡Tonta! ¿Porque corriste?

La bajamos en el ascensor. Primero habló largo rato con Juanchi: luego salió Juanchi y me quedé yo con ella. Me contó lo que, en definitiva, ya me había contado. La abracé y la besé como nunca, le dije lo bien que me hacía que ella estuviera allí, y lo que me dolía que se sitiera así. Se calmó, y me agradeció. Y luego volvimos a la realidad.

No pasó nada más de importancia hasta que se fueron. Una larga sensación de concluso, pero no terminado.
Es tan sensual es cariño de Rocio que es imposible de resistirlo. Juanchi, a pesar de haberse sentido mal antes por eso, volvió a caer ayer en la trampa. Yo caí solo, Rocio apenas tuvo que empujarme.


Dije yo que ayer había descubierto algo: pues fue eso. Como ella forjaba sus amistades, como la conocíamos todos sus amigos. No era (no soy taaaaan tonto) la primera vez ni desconocía yo la existencia de mujeres que, como Rocio, utilizan su sensualidad cariñosamente para hacerse amigos incondicionales. Pero nunca como ella: con franca inocencia (odioso me sentiría a mi mismo si pensara que lo hace con premeditación). Pero además de inocencia, tanta naturalidad; y además, sin juegos: es ella la que busca, y los demás responden a eso. Yo no hice nunca nada para merecerme su afecto. Puedo asegurarlo: nada. Y dentro de todo, la consentí poco: fui poco amable, y hasta frío. Algo muy parecido me dijo Juanchi el jueves.
Y acá llego al meollo total: Juanchi y yo, con matices, le gustamos a Rocio. Es falso lo que creí alguna vez, que su cariño estuviera exento de nada que no fuera amistad. No sé porque me rechazó, pero tengo una sospecha: fui frío, romántico y distante, y ella busca calor, algo que no le di, y que, no se si le puedo dar. Es por eso que nos busca de la manera en que nos busca, al mismo tiempo egoísta y desinteresada. Porque es muy buena y amable con los demás, pero lo hace por ella, como cualquiera que esté enamorado pero su placer es ser todo para la otra persona.

Yo, pero siempre lo supe, hice lo mismo con las mujeres. Salvo que o no soy Rocio, así que ellas son amigas y no tienen ninguna confusión al respecto. Lo que pasa es que ahora lo veo claro, lo que busco, lo que acepto, y lo que devuelvo. y porque nunca pude ser amigo sin terminar enamorado.

Prefiero a Mariana. Prefiero la franqueza fría y oceánica, como un bosque en la montaña al margen de las tempestadas, donde la luz quiebre tinieblas en una batalla perenne.
Pero este campo de flores rojas, alientos cálidos y piel de oro, pelo negro, lecho lujoso y mullido; la naturaleza de Rocio, es perfecta seducción.

No sé que será de ahora en más. Tengo, como es de imaginar, un deseo raro: traer a Rocio sola, de vuelta a mi casa, y ver que sucede si le intento dar calor. Incluso me mueve una tortuosa compasión. Me costó horrores dormir en la cama donde tanto tiempo la sostuve. Y más que nunca, me siento incompleto si no la veo, y averiguo completa la verdad.

Me olvidé de una cosa: Juanchi le escribió una poesía a Rocio: me encantó. Es mucho mejor que la mía.

1 comentario:

Lux dijo...

Wow esto me recuerda MUCHÍSIMO a "Sobre héroes y tumbas" de Sábato... Aunque no creo que vaya a terminar como la novela ;)

(Soy Lúthien en el foro ATA)