miércoles, mayo 30, 2007

Paraíso Azul

Después de caer, en la barca de filigrana, de plata celestial labrada, cuyo fondo está lleno del agua del océano, fuente de vida y luz, agua de cristal. Después de beber sorbos y sentir que puedo sumergirme en lo profundo sin salir de la seguridad de mi hermosa barca. Veo después la catarata en la que se suele precipitar el mundo en sus confines.


Neptuno traidor que no se acuerda con el Océano, y yo por culpa de su infamia listo a ser precipitado - como todas las almas - al Onaeco de Fuego.


El ángel que me mostró la barca en mi hora más sombría me muestra de vuelta la visión del Paraíso Azul, el más grandioso de los palacios posibles. Uno sólo de sus salones llenaría de sentido y pasión el corazón de una Humanidad entera, desde el primer hombre que miró las estrellas, hasta el último muerto en el fuego de una de ellas.


Y las columnas se multiplican, y los himnos se potencian, y la magnífica luz azul se vuelve una superficie. Mi barca no inclina la proa hacia abajo al llegar al borde, sino que se mantiene. Incluso se inclina un poco hacia arriba. El coro hace un alto, conteniendo la respiración, y después... estalla de alegría.


¡Lo sabía! Se abren las puertas del Paraíso. No hay caída.


Me despierto y tengo alas. Me envuelven y me protegen, y por ellas un ángel ha quedado unido a mí. El Paraíso está a mis pies, el Cielo arrebatado por mi canto.
Quiero gritar las palabras finales, las que sellan el silencio que da sentido a la palabra, el vuelo perfecto del halcón al amanecer.


¡Amo! ¡Siento! ¡Vivo!

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