martes, mayo 22, 2007

A ver, probemos bajar con delicadeza. Si piso los escalones con cuidado puedo llegar a sentirlos, cosa que no sucede todos los días. Usualmente el mundo está diluído, y hay cosas que brillan como si todo fuera una gran cama, algo almohadonado, y hubiera espinas que se sienten.


Siempre me olvido si es dolor o placer sentir la espina.


Es en vano bajar así los escalones: me doy cuenta porque, si bien estoy bajando con mucho cuidado y la forma de los escalones la recuerdo, en realidad en lo que estoy pensando, lo que estoy sintiendo, es mi deseo de pensar y sentir los escalones. Domina y ocupa todo mi ser. Y pienso que tal vez no haya nada que sentir o que ver en los escalones. Que tal vez las sensaciones no tengan nada que ver con los objetos.


Miro para adelante nuevamente me doy cuenta de que estoy mirando para adentro. Y la mejor manera de poder mirar para afuera es dejar de pensar. Dejar de pensar es sencillo, aunque se necesita entrenamiento. Un viejo desagradable me hace pensar que no deseo acabar así, y me hace pensar también que no debería juzgar desagradable a nadie. Una chica hermosa me hace mirar con deseo e inmediatamente sentir que ese deseo es impuro.


Corro para sentir algo y siento la prisa por sentir. Así que hoy voy a huir de verdad. Dejé de pensar.



Lo que siento ahora es bastante distinto. Me costaría describir eso.


Cuando llegué a mi casa me senté en la computadora y me puse a trabajar. Cuando mi mamá necesitó la computadora me fui a lavar platos. Cuando pude, llamé a un amigo.



Después me fui a dormir. Y allí, tirado en la cama, vi que arriba no había nada y abajo tampoco. Ví encenderse la llamarada en mi cabeza, vi un fuerte transformarse en un océano de relámpagos. Ví arder mi corazón en un deseo espantoso.


Y corrí y hallé la luz y cuando la deseé volví a la oscuridad. Y pude cerrar los ojos y dormir. Y pude no preocuparme. Y pude no afirmar que entendía. Pude callar. Pude pensar.

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