lunes, marzo 28, 2005

Ay

El martes pasado pasé a buscar a Rocio a la mañana. Bajó, y fue a un geriátrico. no hablamos gran cosa. Quedó en pasar a la vuelta.

No pasó nada y llamó para excusarse. Me puse nervioso, la llamé y le dije q se viniera que teníamos que hablar.

Vino a la tarde. Le pregunté que le pasaba a ella conmigo. Me dijo que ella había preguntado primero. No quize responderle. Entonces después de muchos ratos de silencio me dijo que me quería mucho, que era un muy buen amigo, lo que no es poco, y que de muy pocos puede decir eso. Pero que nada más. Entonces ya si algo en mi me hubiera hecho animar, se fue. Me puse mal, creí que ella no me gustaba más.

Ese día terminó tood así. Tuve charlas con Juanchi, con Mariana y otros que me convencieron de lo estúpido que había estado.
Pero ese día se feu a Mar del Plata hasta ayer, domingo. Hoy le dije que viniera. Se había peleado con Juanchi, así que vino después de que el se fue. Pero vino.
Y se puso a ordenar mi casa. Fue muy amable, se puso a ordenar mi pieza que, no recuerdo haberlo dicho, es un verdadero desastre. Más desordenada de lo que jamás hayan imaginado.
Primero se fue entonces mi mamá. Al poco rato mi hermano, en un enorme favor (es un capo).
Enconces supe que tenía que encontrar un momento. No tenía miedo. No se me ocurría nada para hacerlo, hasta que me enteré que no había leído jamás mis poesías. Así que propuse, ya que ella ordenaba y no me dejaba hacer nada (estoy medio inmovil por una operación), que yo le leyera mis poesías. Empecé por la del castillo, que escuchó muy atenta: luego una sobre una niña, la poesía VII. Luego la de la pluma. Esa poesía se la dediqué a ella. La leí con esmero, atento. Me compenetré en esas cosas que escribí tanto tiempo atrás, para un momento como ese. Me dijo: "esa es muy linda". Siguió ordenando, pero la interrumpí y le dije: ahora sentate (en el borde de la cama donde yo estaba medio tumbado). "¿Que pasa?" preguntó algo asombrada, pero previendo la situación porque empecé a abrazarla. "Que tengo que cumplir con la poesía". La miré, sin miedo: ya todo estaba hecho. No podía volverme atrás sin odiarme por siempre.
"El otro día no me animé, pero la verdad es que me gustas mucho". No llegué a intentar besarla. Ella se acercó y me dio un beso... no en la boca. Casi.

¿No se atrevió?¿Yo debería haber corrido esos centimetros?¿No quizo?
Todavía no lo sé. Voy a tratar de saberlo.
Entonces me abrazó fuerte, y no quizo tirar atrás la cabeza. La empecé a besar en el hombro, al principio con temor: luego con desesperación. Busqué su mejilla, su boca, pero retrocedió. Me miró y se paró, y dijo: "No se que decirte". Lo repitió varias veces...

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