Honor, valor...
Una vez mi tío me dijo: "El único honor que puede traerte tu apellido es lo que vos hagas para honrarlo".
Yo había comentado de mis antepasados, cuyas glorias, a pesar de no ser tan sonoras como las que evocan los románticos (que yo sepa ninguno de mis antepasados fue un viking, ni un señor de la nobleza, ni nada de ello) son muy dignas. Y en realidad, tampoco puedo alardear de cosas así, porque de hecho tengo entre mis antepasados historias tristes o poco publicitables. Las comento por curiosidad, me gusta recordarlas:
Mi tatarabuelo por parte de abuela materna era amigo y colaborador del educador Pablo Pizurno. Una escuela lleva su nombre: Emilio Olivé.
Mi tataratatarabuelo por parte de abuelo materno era marino, contramaestre de una nave mercante española (una fragata), y, en tiempos de guerra de independencia, las crónicas que mi abuelo conserva registran el ataque poco hornoso que la nave hizo contra una débil población portuaria de Chile.
Mi bisabuelo por parte de abuelo paterno era masón, grado 26. No sé de él más que mi abuelo no pudo vivir siempre en su casa porque no lo quizo su madrastra, pero antes de ella estuvo casado con una india toba que es mi bisabuela :) .
Mi abuelo paterno participó como uno de los principales durante el proyecto del Instituto de Desarrollo del Valle Inferior (IdeVI) del Río Negro. Esto es necesario explicarlo para que se entienda un poco: la cuenca del Río Negro es un poco seca, sin embargo desde hace años se la cultiva a partir de sistemas de riego sacando agua del río. El Alto Valle, donde está Neuquén y todas las villas de alrededor (Cipolletti por ejemplo) fue irrigado hace mucho tiempo, y por eso es una importante zona de cultivo, pero el Valle Inferior, donde están Viedma y Patagones, no lo era hasta hace poco, de la década de los 70 en adelante (por lo que recuerdo). Sería mucho más conveniente que mi papá escribiera todo esto, pero bueno, es mi blog :P.
Estoy especialmente orgulloso de lo de mi abuelo paterno, a quién no conocí demasiado. Dicen que me parezco a él, y cada vez que veo algo que decidió observo con bastante asombro que son cosas que yo hubiera pensado o tenido especialmente en cuenta. Mi tío dice que era medio nazi como yo ^^...
Bueno, todo esto a qué venía...
Venía a que mi tío que me dijo lo del apellido tiene razón, desde luego; pero se apresuró si pensó que yo comentaba de mi familia para dormirme luego en los laureles. No significa nada que quienes me precedieron hayan sido grandes hombres o no... pero al mismo tiempo sí significa. ¿Por qué? Yo lo veo más o menos así:
Nada condiciona al hombre. No se pretende que tenga que cuidar un honor moral, ni pertenecer a una casta, ni nada de eso. Se pretende solo que asuma su condición digna, que se asuma a si mismo. Es la única responsabilidad.
Y fue reflexionando sobre estas cosas que entendí la verdadera naturaleza del honor y de la valentía. Yo pensaba antes que ser valiente era ser idiota y plantarse con una espada y un escudo frente a un dragón, y que ser honroso era no dormir con cualquiera.
Error craso.
El honor es una virtud de fidelidad. Es la fidelidad hacia sí mismo. Quién no se es fiel, puede ser santo por vivir en un monasterio, pero será dictador entre fascistas y barril sin fondo entre borrachos. Se puede ser santo por elección, como también por elección se puede ser dictador o borracho, pero todo hace pensar que ningún camino que pueda simplificarse en una palabra es correcto: porque cada hombre tiene su camino, y ese es el que si sigue con fidelidad es verdadera prueba de su honor. Para definir las virtudes de una persona auténtica, no habría otra opción que darles su nombre, pues sus peculiaridades no tienen otra identidad que la suya. ¿No es el honor fidelidad, usualmente a la religión o a la realeza, pero fidelidad al fin? La única posesión del hombre, decían algunos románticos. Pues bien, siendo que debemos ser fieles a nuestra naturaleza, es verdad que es nuestra única posesión, pues si nos somos infieles, ¿qué nos queda? ¿qué somos?
Ahora bien, hay un solo obtáculo hacia el honor, una gran dificultad que nos inclina a traicionarnos y a alienar nuestras decisiones y formas de ser: el miedo. Por ello el honor y el valor están relacionados. El valor es el instrumento necesario para alcanzarlo: y no se manifiesta en la imprudencia o el ímpetu, sino en la decisión de enfrentar y matar los miedos, los famosos dragones internos de la poesía psicológica. No hay nada más terrorífico que ese miedo, ningún dragón. Y es verdaderamente necesario mucho valor para enfrentarlo, aunque sea lentamente, pero con la firmeza de enfrentarlo bajo cualquier forma, en cualquier lugar que se encuentre.
Un hombre honroso adquirirá por esa fidelidad un montón de virtudes. En mi caso, si me soy fiel, si soy fiel a lo que siento de mi, sé cuales virtudes podría alcanzar con facilidad: la sinceridad, porque no tengo miedo de decir nada y amo la verdad con desesperación; la confianza, casi por el mismo motivo; la esperanza, porque creo que la verdad está regida por el mismo principio que el amor, o mejor dicho, que toda verdad es amor y todo amor verdad; la pureza, porque no me agrada la malicia ni la confusión; la paciencia, porque no me molesta dejar que las cosas sucedan, creo que al final va a llegar lo bueno; la serenidad, porque la ira me parece vulgar y contraproducente; el amor por la belleza, que es mi amor más profundo, porque identifico la belleza y la verdad. No siento como virtudes naturales mías a las que me incline la templanza, ni la alegría, ni la fortaleza: al contrario, soy pasional y sensible. Todo se puede alcanzar, porque aspiro a la perfección (quiero decir, a acercarme lo poco que pueda). Pero me traiciono mucho, mucho...
Finalmente, y aunque no es esencial del tema, ¿qué sostiene al valor? ¿Por qué enfrentar los miedos? Al verles el espantoso rostro, al soñar en pesadillas con sus cavernas crueles y la destrucción de lo que amamos, con los espectros fatales de nuestros seres queridos y el fin de todas las cosas: ¿qué nos da el deseo de disipar las brumas, en vez de tendernos a llorar como niños abandonados?
El amor...
Quien tiene amor, tiene valor. El amor todo lo puede, todo lo perdona, tiene paciencia infinita. Eso decía creo algún evangelio, pero no lo puedo recordar bien.
Ahora que amo me siento valiente. Tal vez lo sea... Ruego serlo. Me ha dolido tanto la incertidumbre. Nunca sé si lo que hago está bien o me aleja de quienes amo: pero sospecho, cada vez más, que quién realmente me ama quiere que yo crezca en lo que soy, y me ama más cuanto más siente que me soy fiel. Entonces mi responsabilidad es una sola, y de una sola cosa me tengo que encargar, y es de esa fidelidad.
Los caballeros cuyo honor sufría mella no se atrevían a aparecer antes de haberlo reparado. Entre los orientales, paganos, el deshonor solo se reparaba en ocasiones con la muerte. Pues bien, si hasta ahora no me atreví a presentarme porque me sabía impuro, débil y poco valiente, es tiempo de arreglarlo, y estando cierto de mi dignidad, hacer frente a lo que temo. Quizás entonces reconozcan en mi rostro eso, o quizás me agredan. Pero no voy a tener miedo de ninguna de las dos cosas.
Yo había comentado de mis antepasados, cuyas glorias, a pesar de no ser tan sonoras como las que evocan los románticos (que yo sepa ninguno de mis antepasados fue un viking, ni un señor de la nobleza, ni nada de ello) son muy dignas. Y en realidad, tampoco puedo alardear de cosas así, porque de hecho tengo entre mis antepasados historias tristes o poco publicitables. Las comento por curiosidad, me gusta recordarlas:
Mi tatarabuelo por parte de abuela materna era amigo y colaborador del educador Pablo Pizurno. Una escuela lleva su nombre: Emilio Olivé.
Mi tataratatarabuelo por parte de abuelo materno era marino, contramaestre de una nave mercante española (una fragata), y, en tiempos de guerra de independencia, las crónicas que mi abuelo conserva registran el ataque poco hornoso que la nave hizo contra una débil población portuaria de Chile.
Mi bisabuelo por parte de abuelo paterno era masón, grado 26. No sé de él más que mi abuelo no pudo vivir siempre en su casa porque no lo quizo su madrastra, pero antes de ella estuvo casado con una india toba que es mi bisabuela :) .
Mi abuelo paterno participó como uno de los principales durante el proyecto del Instituto de Desarrollo del Valle Inferior (IdeVI) del Río Negro. Esto es necesario explicarlo para que se entienda un poco: la cuenca del Río Negro es un poco seca, sin embargo desde hace años se la cultiva a partir de sistemas de riego sacando agua del río. El Alto Valle, donde está Neuquén y todas las villas de alrededor (Cipolletti por ejemplo) fue irrigado hace mucho tiempo, y por eso es una importante zona de cultivo, pero el Valle Inferior, donde están Viedma y Patagones, no lo era hasta hace poco, de la década de los 70 en adelante (por lo que recuerdo). Sería mucho más conveniente que mi papá escribiera todo esto, pero bueno, es mi blog :P.
Estoy especialmente orgulloso de lo de mi abuelo paterno, a quién no conocí demasiado. Dicen que me parezco a él, y cada vez que veo algo que decidió observo con bastante asombro que son cosas que yo hubiera pensado o tenido especialmente en cuenta. Mi tío dice que era medio nazi como yo ^^...
Bueno, todo esto a qué venía...
Venía a que mi tío que me dijo lo del apellido tiene razón, desde luego; pero se apresuró si pensó que yo comentaba de mi familia para dormirme luego en los laureles. No significa nada que quienes me precedieron hayan sido grandes hombres o no... pero al mismo tiempo sí significa. ¿Por qué? Yo lo veo más o menos así:
- "Contamos historias de héroes para recordarnos que nosotros también podemos ser grandes"
- Si mis antepasados hicieron grandes cosas, yo las asumo a modo de legado. La naturaleza de un legado es tal que engrandece al que lo hace fructificar y envilece a quien lo deja podrir. Si se tiene un legado, se tiene algo que cuidar y cultivar, sin que eso signifique, como se pretendía, que solo los hijos de reyes son dignos.
Nada condiciona al hombre. No se pretende que tenga que cuidar un honor moral, ni pertenecer a una casta, ni nada de eso. Se pretende solo que asuma su condición digna, que se asuma a si mismo. Es la única responsabilidad.
Y fue reflexionando sobre estas cosas que entendí la verdadera naturaleza del honor y de la valentía. Yo pensaba antes que ser valiente era ser idiota y plantarse con una espada y un escudo frente a un dragón, y que ser honroso era no dormir con cualquiera.
Error craso.
El honor es una virtud de fidelidad. Es la fidelidad hacia sí mismo. Quién no se es fiel, puede ser santo por vivir en un monasterio, pero será dictador entre fascistas y barril sin fondo entre borrachos. Se puede ser santo por elección, como también por elección se puede ser dictador o borracho, pero todo hace pensar que ningún camino que pueda simplificarse en una palabra es correcto: porque cada hombre tiene su camino, y ese es el que si sigue con fidelidad es verdadera prueba de su honor. Para definir las virtudes de una persona auténtica, no habría otra opción que darles su nombre, pues sus peculiaridades no tienen otra identidad que la suya. ¿No es el honor fidelidad, usualmente a la religión o a la realeza, pero fidelidad al fin? La única posesión del hombre, decían algunos románticos. Pues bien, siendo que debemos ser fieles a nuestra naturaleza, es verdad que es nuestra única posesión, pues si nos somos infieles, ¿qué nos queda? ¿qué somos?
Ahora bien, hay un solo obtáculo hacia el honor, una gran dificultad que nos inclina a traicionarnos y a alienar nuestras decisiones y formas de ser: el miedo. Por ello el honor y el valor están relacionados. El valor es el instrumento necesario para alcanzarlo: y no se manifiesta en la imprudencia o el ímpetu, sino en la decisión de enfrentar y matar los miedos, los famosos dragones internos de la poesía psicológica. No hay nada más terrorífico que ese miedo, ningún dragón. Y es verdaderamente necesario mucho valor para enfrentarlo, aunque sea lentamente, pero con la firmeza de enfrentarlo bajo cualquier forma, en cualquier lugar que se encuentre.
Un hombre honroso adquirirá por esa fidelidad un montón de virtudes. En mi caso, si me soy fiel, si soy fiel a lo que siento de mi, sé cuales virtudes podría alcanzar con facilidad: la sinceridad, porque no tengo miedo de decir nada y amo la verdad con desesperación; la confianza, casi por el mismo motivo; la esperanza, porque creo que la verdad está regida por el mismo principio que el amor, o mejor dicho, que toda verdad es amor y todo amor verdad; la pureza, porque no me agrada la malicia ni la confusión; la paciencia, porque no me molesta dejar que las cosas sucedan, creo que al final va a llegar lo bueno; la serenidad, porque la ira me parece vulgar y contraproducente; el amor por la belleza, que es mi amor más profundo, porque identifico la belleza y la verdad. No siento como virtudes naturales mías a las que me incline la templanza, ni la alegría, ni la fortaleza: al contrario, soy pasional y sensible. Todo se puede alcanzar, porque aspiro a la perfección (quiero decir, a acercarme lo poco que pueda). Pero me traiciono mucho, mucho...
Finalmente, y aunque no es esencial del tema, ¿qué sostiene al valor? ¿Por qué enfrentar los miedos? Al verles el espantoso rostro, al soñar en pesadillas con sus cavernas crueles y la destrucción de lo que amamos, con los espectros fatales de nuestros seres queridos y el fin de todas las cosas: ¿qué nos da el deseo de disipar las brumas, en vez de tendernos a llorar como niños abandonados?
El amor...
Quien tiene amor, tiene valor. El amor todo lo puede, todo lo perdona, tiene paciencia infinita. Eso decía creo algún evangelio, pero no lo puedo recordar bien.
Ahora que amo me siento valiente. Tal vez lo sea... Ruego serlo. Me ha dolido tanto la incertidumbre. Nunca sé si lo que hago está bien o me aleja de quienes amo: pero sospecho, cada vez más, que quién realmente me ama quiere que yo crezca en lo que soy, y me ama más cuanto más siente que me soy fiel. Entonces mi responsabilidad es una sola, y de una sola cosa me tengo que encargar, y es de esa fidelidad.
Los caballeros cuyo honor sufría mella no se atrevían a aparecer antes de haberlo reparado. Entre los orientales, paganos, el deshonor solo se reparaba en ocasiones con la muerte. Pues bien, si hasta ahora no me atreví a presentarme porque me sabía impuro, débil y poco valiente, es tiempo de arreglarlo, y estando cierto de mi dignidad, hacer frente a lo que temo. Quizás entonces reconozcan en mi rostro eso, o quizás me agredan. Pero no voy a tener miedo de ninguna de las dos cosas.
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