Flárui
Este es el sitio para hablar con claridad.
Siento fuerza; fuerza que, si tuviera músculos para hacerlo, descargaría contra algo. Pero mi fuerza yace junto a estas teclas, mi poder en la palabra y en el pensamiento. Es entonces cuando escribo con velocidad, con violencia, y no se nota ahí donde se lee.
Puedo pensar rápido, y sin embargo no guío más los pensamientos, porque ponerle dique a la corriente desgastaría doblemente mis fuerzas, en mantener el dique y mantener la corriente. Sólo puedo dejarla fluir, que de mi mente vaya a mis nervios, a mis dedos, y quien sabe, siga a través de vuestras retinas, las vías por las que recibís por los ojos, e interpreteis mis ideas, subyugándoos de una manera u otra.
Quiero tener ya a donde dirigir mi fuerza: no es malgasto el teclado, pero temo haberla perdido para cuando en verdad la necesite:
"¡Sin más sangre que entregar!
Sin simiente del crear
que de frutos en canción"
No hay vientos que aguantar, no hay paredes que alzar, ni tan siquiera poemas que construir. Hay coros para escuchar, vibraciones que sentir, deseos que explorar. Imaginación que agitar, aunque sus frutos, en apariencia, se pierdan en el vacío. Poesía perfecta que quedará grabada, sea en la mente de Dios, sea un trazo hiriente en la luz astral, ¡que quisiera quien estuviera cerca mío, en mente, espacio o voluntad, pudiera intensamente percibir!
Rojo, así defino el fuego. Rojo y dorado. Rojo y dorado y naranja.
Mi espíritu baila entre las llamas. Ningún cambio de mi alma me lleva a los grises: de Aélbua, he pasado directamente al seno de Flárui, a su esencia misma, ígnea y agresiva. De todas formas, me agotaré, y cuando me agote volveré a Aélbua, mi madre y consoladora. Mi padre Méclei seguirá en sus alturas, y lo miraré templado, lo reverenciaré. Pero yo soy Flárui: todo el impulso de mi raza vive todavía en mi, a medida que enciendo y conduzco los fuegos de mi alma.
Tambores de guerra en la distancia, suaves. Marchan con cuidado, pues la batalla acaba. No hay muertos que levantar: su ardor, como a Fëanor, los ha evaporado en la lucha.
Guardaré mi resto de fuerza para cuando la vida lo merezca. Debo conservarlo y entregarlo: esto que despilfarre aquí, lo expelí sin remedio. Con un cerco de paz profunda aislaré las llamas. Una esfera zurcada de espinas blancas, como el corazón de Nuestra Señora, pero sin dolor, soporte de la fuerza que debe ser entregada, sólo al bien, sólo a la belleza, sólo al amor.
PD: Tengo una deuda que cumplir a partir de este post: explicar el mito roán sobre Aélbua (pronunciesé Aéllua), Flárui, Méclei (pronúnciese Metlei) y Dáliua.
Siento fuerza; fuerza que, si tuviera músculos para hacerlo, descargaría contra algo. Pero mi fuerza yace junto a estas teclas, mi poder en la palabra y en el pensamiento. Es entonces cuando escribo con velocidad, con violencia, y no se nota ahí donde se lee.
Puedo pensar rápido, y sin embargo no guío más los pensamientos, porque ponerle dique a la corriente desgastaría doblemente mis fuerzas, en mantener el dique y mantener la corriente. Sólo puedo dejarla fluir, que de mi mente vaya a mis nervios, a mis dedos, y quien sabe, siga a través de vuestras retinas, las vías por las que recibís por los ojos, e interpreteis mis ideas, subyugándoos de una manera u otra.
Quiero tener ya a donde dirigir mi fuerza: no es malgasto el teclado, pero temo haberla perdido para cuando en verdad la necesite:
"¡Sin más sangre que entregar!
Sin simiente del crear
que de frutos en canción"
No hay vientos que aguantar, no hay paredes que alzar, ni tan siquiera poemas que construir. Hay coros para escuchar, vibraciones que sentir, deseos que explorar. Imaginación que agitar, aunque sus frutos, en apariencia, se pierdan en el vacío. Poesía perfecta que quedará grabada, sea en la mente de Dios, sea un trazo hiriente en la luz astral, ¡que quisiera quien estuviera cerca mío, en mente, espacio o voluntad, pudiera intensamente percibir!
Rojo, así defino el fuego. Rojo y dorado. Rojo y dorado y naranja.
Mi espíritu baila entre las llamas. Ningún cambio de mi alma me lleva a los grises: de Aélbua, he pasado directamente al seno de Flárui, a su esencia misma, ígnea y agresiva. De todas formas, me agotaré, y cuando me agote volveré a Aélbua, mi madre y consoladora. Mi padre Méclei seguirá en sus alturas, y lo miraré templado, lo reverenciaré. Pero yo soy Flárui: todo el impulso de mi raza vive todavía en mi, a medida que enciendo y conduzco los fuegos de mi alma.
Tambores de guerra en la distancia, suaves. Marchan con cuidado, pues la batalla acaba. No hay muertos que levantar: su ardor, como a Fëanor, los ha evaporado en la lucha.
Guardaré mi resto de fuerza para cuando la vida lo merezca. Debo conservarlo y entregarlo: esto que despilfarre aquí, lo expelí sin remedio. Con un cerco de paz profunda aislaré las llamas. Una esfera zurcada de espinas blancas, como el corazón de Nuestra Señora, pero sin dolor, soporte de la fuerza que debe ser entregada, sólo al bien, sólo a la belleza, sólo al amor.
PD: Tengo una deuda que cumplir a partir de este post: explicar el mito roán sobre Aélbua (pronunciesé Aéllua), Flárui, Méclei (pronúnciese Metlei) y Dáliua.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario