jueves, noviembre 24, 2005

Crucifixio

En los hombros del Nazareno pesan dos grandes maderos ásperos. Ecce homo, coronado de espinas y sangre.
Sale de los calabozos, empujado hacia la dudosa luz del mediodía. El manto le raspa la espalda desgarrada. Abraza el leño, con los mismos brazos que fueron poderosos y aún lo son.

Las calles están repletas de gente. Nadie desconoce al profeta más grande; ni los traidores, ni los enemigos, ni los que lloran.
Pero es un hombre. Un hombre loco. Vivo, fuerte, grande. Loco de amor.
No puede hacer nada para dejar al costado la Cruz. No la eligió él: pero debe cargarla, si no quiere echársela en los hombros a otros. Tan pesada es, tan desgarrante el leño, que tras las puertas el cireneo debe ayudarlo. Ni Él puede solo con el peso que le ha sido echado.

La sangre corre. La cruz es filosa, una espada. Yacen cuerpos ensartados por ella en todo el campo. Guerreros cruzados, sangre, crucificados.

El Artesano sacude en arco el martillo, que cae pesado sobre el cincel. El golpe sobre el mármol es violento, y una veta se quiebra, sangrando astillas, gimiendo al ser arrancada.
El martillo cae sobre el enorme clavo. Vean las manos estigmadas.

Y el crucificado soporta su final. Su vida no fue su cruz. Vivió como el más fuerte, y eligió su camino entre los débiles; y murió en la cruz. El símbolo máximo de la existencia limitada, del daño de la imperfección. El símbolo cruel que los ásperos germanos convirtieron en espada, que fue su marca de guerra, de dolor, de flagelo. La marca de la violencia. De la tribulación. Iglesia de Cruz, Cruz de Sangre.

El caliz bebido hasta las heces, ahora se llena de sangre. De la sangre cargada y derramada por la cruz.
¿A dónde va a parar la sangre? ¿Qué de la Vida va a la Cruz?
¿Cuál es su misterio? ¿Por qué el dolor?
¿Debemos correr tras la cruz? ¿Construirnos la nuestra propia? ¿Subirla al calvario, desnudarnos y gritas por una corona y unos clavos?

El destino prepara a cada uno la suya. Sientan el peso del sufrimiento que los han obligado a cargar. Y sepamos que aún cuando no nos torturáramos con él... habría dolor en el mundo. Lo habría igual: no tenemos la culpa de él. Aún cuando no nos flageláramos, aún cuando no nos dijeramos "Mea culpa!" y mortificaramos nuestra felicidad, tendríamos abundantes dolores para cargar.

Y cuando dejemos de matarnos a nosotros mismos, estarán allí, inexplicables.
¡¡Inexplicables!!

¿Inexplicables?

La poesía sublime, la mejor historia: después de la cruz, Resurrección.

Inocencia, aprendizaje, conocimiento.
Negro, Blanco, Rojo.


Por eso la Cruz es mi símbolo. El dolor del aprendizaje, la sangría dulce que abre el mundo. Yo soy Cruz: ¿o acaso alguien ha resucitado ya? ¿acaso alguien llegó al rojo?
Pero hay quién pretende seguir en la inocencia, seguir en el negro, y la cruz le llega igual. Sólo que no la abraza.

"Harry vio que, de cualquier manera, tendría que acabar enfrentándose al mismo final. La única diferencia era si lo aceptaba, y lo enfrentaba, o lo recibía huyendo, agachado. Pero recordó a Sirius, a Dumbledore... y comprendió que en eso consistía toda la diferencia del mundo."
La cita no es exacta, porque la leí en inglés y no tengo el libro.