miércoles, marzo 08, 2006

Trayectos

Cuando queremos llevar adelante una intención, primero ella se forma en nuetra imaginación. Adquiere contornos como una masa de plastilina, como una voluta de gas, o como una roca siendo tallada. La vida completa se parece más a una roca siendo tallada por lo lento de su tarea, mientras que una idea fugaz es como el giro de un remolino de vapor de agua saliendo de la taza cuando el chorro que sale de la pava pega por primera vez en el fondo.
De cualquier manera, la idea llena nuestra imaginación, que hace precisamente eso que le da nombre: aprehende una imagen. Un reflejo de la voluntad, un reflejo de la acción y de la realidad. Entonces sobreviene la necesidad de actuar, de actuar acorde con esa imagen o no, pero de hacer algo con ella, pues aunque aparezca o no en el mundo ya ha ocupado el habitáculo que teníamos disponible en nuestra mente.

Luego, vienen las acciones, que son reflejo de esas imágenes y nos dan a su vez imágenes nuevas, que tienen ser en la realidad en el mismo momento en que son concebidas en la mente. Podríamos pasarnos discutiendo si son primero en la mente y luego en la realidad o al revés, y sería una discusión tan bizantina como la de tratar de resolver el sexo de los ángeles. Yo creo que la solución es la misma que en la discusión sobre los ángeles: ninguna de las dos es la correcta, sino que sucede al mismo tiempo, paralelamente. Así como los ángeles pueden verse como hermafroditas.






Imaginemos una buena acción. Un hombre decide obrar bien en favor de un prójimo, y eso que decidió le implica un esfuerzo, le implica romper con la inercia para ayudar. Pues bien, esa intención de ayudar, en definitiva de hacer un bien, nace como un pequeño destello fecundado al pensar en la mera posibilidad de hacer algo, y empieza a crecer como la imagen completa de una buena acción. Tal vez el hombre vio a otro tirado en la calle, y saltó la chispa que lo alertó. Entonces el espíritu de la acción, como si fuera un verdadero espíritu con vida propia, empieza a recorrer el trayecto.

Ya ha nacido. Crece en la mente, creando una placenta que lo hace notar y que lo alimenta mientras es pura potencia sin vida por si mismo. Entonces va avanzando y llenando completamente la matriz, hasta que ella decide sostenerlo solo a él. La mente se llena del alma de la obra que quería realizar, y ya no tiene más que dejarla crecer hasta que ella por si misma empiece a golpear para salir a la realidad.

Entonces el hombre va y levanta al tirado, le pregunta como está, le ofrece ayuda. El espíritu sigue hacia el débil y lo alienta, vive durante el tiempo que repercuta en el mundo su voz y su voluntad. Fue recorriendo el sendero de su vida, salió de la mente y se le dio la posibilidad de fecundar nuevos espíritus en el mundo.

Una cosa notable: el que verdaderamente estuvo lleno de ese espíritu, aquél que en principio y más que ninguna otra cosa o persona en el mundo lo sintió y sintió su bondad, fue sin duda el que lo llevó dentro de sí creciendo hasta que tuvo que obedecerlo y darlo a luz.






Las cosas recorren su camino desde lo sepultado hacia la luz. El agua profunda sube a la superficie y toca el sol, la basura acumulada que da mal olor sale desde atrás de la heladera y queda expuesta al viento y los rayos quemantes que matan la podredumbre.

Cada vez que algo es usado o pasa de potencia a acto, parte de él se convierte en energía, y parte en cáscara desperdiciada. Así como sucede con el interior o la cáscara de las frutas sucede también con la energía atómica y con los sueños en la mente. Fluyen hacia afuera con violencia, como una bala, pero la vaina sale para el costado, y en el torcido caño quedan pequeñas marcas y partículas de pólvora y humo.

Y esa vaina vacía cae, sin ya uso, y todos nos miramos las caras preguntándonos que hacer con ella. Queda detrás de un mueble, en una subcarpeta entre los archivos de gráficos de un juego, en el cajón de la mesa de luz. Pero alguna vez debe salir de allí. Alguna vez haremos orden y se iran los malos olores, o cambiará la forma del mundo y el petróleo que pasó millones de años enterrado va a extenderse, negro podrido y asesino, por sobre los bosques. Entonces se absorverá en la tierra, recibirá la lluvia, los rayos del sol, y olerá mal mientras miles de millones de seres pequeñísimos hacen su trabajo en transformarla de nuevo para que la vida se alimente de ellos.

Todo cumple su ciclo así, su trayecto del oscuro caos al orden luminoso, desde lo profundo hacia la superficie, hasta que pierde allí su humedad, su mal olor, y se convierte en oro que se esparce en el viento. Es la naturaleza de todo lo que se deposita. Y mientras cumpla su ciclo, volviendo el agua como nieve y levantándose como ondinas en llamas, hay armonía.

"No hay nada oculto que no deba ser revelado."

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