viernes, agosto 05, 2005

Sueños...

¿Existe algo más seductor que el sueño? Con su promesa de suavidad, de comodidad y de fin del dolor... El escape ansiado, los besos deseados, el vientre materno perdido, la luz y la calidez del mediodía y la esperanza del alba rayana, el misterio de los manantiales frescos y el verdor de los prados en las colinas... Todo eso prometido a la mente desfalleciente, con tristes perspectivas de un día más de soledad donde su único consuelo, la música dulce y sentimental y los mensajes ocasionales de quienes lo aman aún, van a terminar en unas horas y por unas cuantas horas más.

Se me acaba de ocurrir, que luego de esas horas estoy libre de vuelta, para dormir, soñar y llorar en paz. Sólo me gustaría tener más esperanzas, como $10 para ir a La Plata mañana. No puedo. Mañana no me acuerdo que miércoles tengo que hacer que no quiero. Pasado, voy a lo de Nicolás. ¡Sueño, vete! Algún día haré lo que quiero ¡Lástima que venga en tan pequeños y apartados trozos! Tan tenues cuotas, más llenas de esperanza que de verdad, de indicios que de realidades...

Y el sueño opacando las fuerzas de realizar las esperanzas. El sueño, máxima fuerza del deseo y la ilusión. Completa irrealidad. ¡Que suaves se me aparecen sus alas! ¡Cuantas ganas de llorar de desesperación! ¿Tan lejos siguen todos mis sueños? El que se hayan acercado un poco le ha servido más a mi esperanza que a mi realidad. Nunca vi la mirada que siempre quise ver, ni nunca hubo ojos en los míos; nunca hubo prados verdes hasta el horizonte, ni amaneceres colmados. Sólo en mis sueños.

Pero algo me dice que esos sueños valen demasiado para ser sólo engaños fugaces. Soy esos sueños. Ellos me definieron. Ellos, y mi pereza, me llevaron a ser lo que soy. De vuelta pienso sacar fuerza de ellos, y transformar el mundo a su pesar.

A nadie engaño... El sueño me vencerá, al menos hoy. Pero todavía un grito feroz me dice que no me rinda.

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