Abriendo el fuego
Como expresión de guerra, "fuego a discreción" - e incluso la traducción más aceptable "fuego a voluntad" -, es muy poco poderosa. Tampoco es "quemarropa" una buena palabra; después de todo, el fuego tiene blanco. "Fuego máximo", "Fuego atormentado", o "Piros Apocaliptikos"; "Incendio!"(como diría Arthur Weasley) "Igne exciditur".
Niégal se detiene. Todas sus ideas se han acabado. Explotó todos sus recursos literarios conocidos, incluyendo la exageración, la ironía, el golpe de efecto, la sencillez, la sinceridad, el guiño - citas de otras obras -, y un largo etc. Está pensando como hacer algo nuevo, como darle nueva vida a algo tan arcaico como su impulso creador, condicionado toda la vida por su sensibilidad negativa y por sus ansias de fantasía y aniquilación de la realidad.
El Arquero Mayor, a su mando toda una división de Stélamunos, los mejores arqueros de Niára Soamnri, calculaba cual era la expresión que más fuerza le daría a sus subordinados.
En realidad, Stélamun no era un buen lugar para criar soldados; todos allí nacían acostumbrados a la libertad, y solían saber de los conflictos internacionales tanto como el mismo rey. Sólo se podía controlarlos cuando los motivos para ir a la guerra eran justos. Había que ¿agradecer? pues que luchaban para defender sus hogares. El enemigo venía a sangre y fuego a incendiar el bosque del Gran Valle.
También así se alienaban los arqueros: al ver la sangre derramada y la destrucción. Tensaban entonces con más fuerza, y la mayoría de las flechas alcanzaban blanco.
Y es una trampa, porque el Arquero Mayor, y el mismo rey, han comprendido que el Valle no es donde se confina su vida. Deben poseer el mundo. Cómo mínimo, aniquilar a los enemigos vagando por la frontera. Así pensó Niégal.
Unos días atrás, sabía el Arquero Mayor, una expedición suicida había provocado estragos entre las filas del Enemigo, y los salvajes ansiaban ahora venganza. Marcharían sobre Stélamun, y cada uno de los Stélamunos creía que venían a invadir. Era la única manera de impulsar a los Arqueros a luchar fuera de su hogar.
La paz había sido quebrada, y ni el Rey ni el Arquero querían volver atrás. La victoria o la muerte. La paz donde Stélamun gobernara, o la extinción de Riuén. Ni uno sólo de los arqueros podía estar de acuerdo con eso.
Muchísimo le desagrada a Niégal el resultado. Se resiste mortalmente a acudir a evocaciones, a diálogos arcaicos, y a todas esas trampas. El estilo enredado y plagado de ";" y ":" - es decir de golpes de efecto, y de "-", como veis - a que ha sometido su weblog (en estos momentos intenta vislumbrar el origen del estilo) impregna un texto que no debiera.
Artimañas de toda clase, artefactos de guerra propios del infierno pero de una brillantez de ingenio digna de alabanza poblaban las filas reales. Madera, pero sobre todo hierro y fuego, y combustible. Stélamun ardía en los corazones de su ejército y en las teas de sus proyectiles.
Balistas incendiarias, onagros con balas al rojo-blanco, flechas colmadas de combustible. Trabuquetas monstruosas con miles de kilos en sus contrapesos, capaces de arrojar un armario a una milla de distancia.
Y más había en la reserva de Stélamun. Jamás había un Stélamuno pensado en darle ese uso: allí todo se lo habían guardado, siempre permaneció oculto, en el bosque... secreto.
El Arquero, y más aún el Rey, sabían que de la victoria, una vez utilizadas las reservas, depende la vida. El que vence devora al otro, y así sobrevive. Sólo con el oro del enemigo se puede pagar una guerra.
Pero Stélamun vencería. Siempre supieron que tenía ese poder. Pero nadie se atrevió a utilizarlo. El temor y comodidad gobernaron llamadas prudencia y piedad: ahora, cualquier arquero sabría decir que la temeridad y la ira habían borrado toda muestra de sabiduría. Y la sabiduría se extinguía de Stélamun, para aniquilar el bosque y a todos sus enemigos.
Se asoma el problema de como terminar. Todo texto debe tener por coherencia un final, y aunque así no fuera, es amabilidad (había otra palabra mejor, pero Niégal la ha olvidado) dar un descanso, dar una explicación al cortar un capítulo, y no dejarlo como una arbitrariedad editorial.
¿Podéis imaginar el cielo incendiado cuando los proyactiles fueron arrojados al mismo tiempo a la voz de mando del Arquero? Aún arden las llamas en ese llano, llamado luego "Del fuego imperecedero", donde se calcinan y se hacen cenizas los cadáveres descarnados de los Enemigos.
Niégal se detiene. Todas sus ideas se han acabado. Explotó todos sus recursos literarios conocidos, incluyendo la exageración, la ironía, el golpe de efecto, la sencillez, la sinceridad, el guiño - citas de otras obras -, y un largo etc. Está pensando como hacer algo nuevo, como darle nueva vida a algo tan arcaico como su impulso creador, condicionado toda la vida por su sensibilidad negativa y por sus ansias de fantasía y aniquilación de la realidad.
El Arquero Mayor, a su mando toda una división de Stélamunos, los mejores arqueros de Niára Soamnri, calculaba cual era la expresión que más fuerza le daría a sus subordinados.
En realidad, Stélamun no era un buen lugar para criar soldados; todos allí nacían acostumbrados a la libertad, y solían saber de los conflictos internacionales tanto como el mismo rey. Sólo se podía controlarlos cuando los motivos para ir a la guerra eran justos. Había que ¿agradecer? pues que luchaban para defender sus hogares. El enemigo venía a sangre y fuego a incendiar el bosque del Gran Valle.
También así se alienaban los arqueros: al ver la sangre derramada y la destrucción. Tensaban entonces con más fuerza, y la mayoría de las flechas alcanzaban blanco.
Y es una trampa, porque el Arquero Mayor, y el mismo rey, han comprendido que el Valle no es donde se confina su vida. Deben poseer el mundo. Cómo mínimo, aniquilar a los enemigos vagando por la frontera. Así pensó Niégal.
Unos días atrás, sabía el Arquero Mayor, una expedición suicida había provocado estragos entre las filas del Enemigo, y los salvajes ansiaban ahora venganza. Marcharían sobre Stélamun, y cada uno de los Stélamunos creía que venían a invadir. Era la única manera de impulsar a los Arqueros a luchar fuera de su hogar.
La paz había sido quebrada, y ni el Rey ni el Arquero querían volver atrás. La victoria o la muerte. La paz donde Stélamun gobernara, o la extinción de Riuén. Ni uno sólo de los arqueros podía estar de acuerdo con eso.
Muchísimo le desagrada a Niégal el resultado. Se resiste mortalmente a acudir a evocaciones, a diálogos arcaicos, y a todas esas trampas. El estilo enredado y plagado de ";" y ":" - es decir de golpes de efecto, y de "-", como veis - a que ha sometido su weblog (en estos momentos intenta vislumbrar el origen del estilo) impregna un texto que no debiera.
Artimañas de toda clase, artefactos de guerra propios del infierno pero de una brillantez de ingenio digna de alabanza poblaban las filas reales. Madera, pero sobre todo hierro y fuego, y combustible. Stélamun ardía en los corazones de su ejército y en las teas de sus proyectiles.
Balistas incendiarias, onagros con balas al rojo-blanco, flechas colmadas de combustible. Trabuquetas monstruosas con miles de kilos en sus contrapesos, capaces de arrojar un armario a una milla de distancia.
Y más había en la reserva de Stélamun. Jamás había un Stélamuno pensado en darle ese uso: allí todo se lo habían guardado, siempre permaneció oculto, en el bosque... secreto.
El Arquero, y más aún el Rey, sabían que de la victoria, una vez utilizadas las reservas, depende la vida. El que vence devora al otro, y así sobrevive. Sólo con el oro del enemigo se puede pagar una guerra.
Pero Stélamun vencería. Siempre supieron que tenía ese poder. Pero nadie se atrevió a utilizarlo. El temor y comodidad gobernaron llamadas prudencia y piedad: ahora, cualquier arquero sabría decir que la temeridad y la ira habían borrado toda muestra de sabiduría. Y la sabiduría se extinguía de Stélamun, para aniquilar el bosque y a todos sus enemigos.
Se asoma el problema de como terminar. Todo texto debe tener por coherencia un final, y aunque así no fuera, es amabilidad (había otra palabra mejor, pero Niégal la ha olvidado) dar un descanso, dar una explicación al cortar un capítulo, y no dejarlo como una arbitrariedad editorial.
¿Podéis imaginar el cielo incendiado cuando los proyactiles fueron arrojados al mismo tiempo a la voz de mando del Arquero? Aún arden las llamas en ese llano, llamado luego "Del fuego imperecedero", donde se calcinan y se hacen cenizas los cadáveres descarnados de los Enemigos.
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