Lacrimosa
Disclaimer: Si se cansaron de "Milay" sencillamente obvíen esta entrada.
Volví llorando por las calles. En un quiosco pregunté si el agua mineral Villavicencio (mi bebida más amada y que más extraño generalmente) estaba a tres pesos, pero por suerte me dijeron con mirada extrañada que estaba a 1,70. Me llevé una para recuperar el agua de las lágrimas. Quería llegar hasta Siberia caminando, pero cuando me voy solo a algún lado el camino de vuelta me duele tanto...
Las 7:00 am... suena el despertador dentro de mi cabeza. El sol por la ventana. Un sueño agridulce, demasiado osado para un soñador tan frágil. Mi madre sigue recorriendo los pasillos, y esas 7 se hacen 7:30... 8:00.
A las 8 en punto se cierra la puerta de calle y me levanto como por un resorte. Vengo a la PC. Hago las cosas habituales, esperando trabajar. Pero me bloqueo. No quiero, no aguanto. No puedo trabajar, no puedo hacer nada. Así llegan las 11, las 12. Las 12:30. Entonces me cansé de escuchar el Fantasma de la Ópera, me cansé de intentar trabajar sin éxito, y me puse con atención y rabia, con dedicación, con amor y con ansiedad, con todos los sentimientos activos de que soy capaz, a ordenar mi casa. Di vuelta la cocina y la dejé casi perfecta. Empecé a acomodar el living. Desocupé todo el escritorio de mi habitación (cubierto por una pila de - no exagero - 60cm de libros por lo menos).
Antes de que pudiera terminar llegó Adam. Me llevó primero a la casa de unas compañeras de colegio que nunca llegaron a ser amigas, y después a la Óptica de su hermana, en donde entre él y su hermana intentaron sacar el mayor provecho de mí haciendome programar mucho por poca plata. No me puse de mal humor porque me encantan los desafíos y decepcionar a la gente que intenta aprovecharse: como lo entiendo, hago lo mismo, y es un juego limpio. Pero sí estoy desconforme, y tal vez no tome el trabajo: ¡¡¡Quiero plata!!! No me importa cuanto trabajo sea, quiero poder pagarle a Mariana los helados, las salidas, quiero comprar lustrapisos y decoraciones nuevas, quiero cambiar de ropa, comprar comida. Comprar otra computadora. Viajar. ¡Mudarme!
Pude volver casi a tiempo: 5:30. Mariana venía - suponía - a las 6:30. Volví a mi anterior tarea: ordenar. Dejé impecable la cocina. Lo mismo con el living. Barrí, limpié, tiré a la basura. No tienen idea (bueno, Petuk y Lau que pasaron por acá pueden hacerse alguna) de lo que significa eso en mi y en el resultado. Casi pienso que la partida de rol podría realmente hacerse acá. Así como pasé horas haciendole el dibujo, como pasé horas pensando en que hacer, como pasé horas con su trabajo práctico, trabajando para ganar plata para lo que se me va a hacer necesaria... también me puse a ordenar.
Mariana vino a las 7 menos cuarto. Puntual para sus costumbres. Otra vez fui torpe, idiota, incapaz, callado, estúpido, simulador, complaciente, obsecuente, torpe. Ups, dije torpe dos veces.
Me habló de un montón de sinsentidos un rato y yo no le podía seguir el hilo. Le mostré los dibujos de Milay y le regalé el que le correspondía a ella. Y entonces me empezó a hablar de los encantos románticos de un montón de paisajes que había visto.
Con tal entusiasmo hablaba que ya no le prestaba atención a nada más, y yo temí seguir con mis torpezas. Decidí volver a ser yo, y me calmé y la admiré con las lágrimas poco atrás de las pupilas. Hablaba de aquello que tratamos de expresar toda la vida, en todo el arte, en la ciencia, todas esas cosas que las palabras no sirven para decir, que las banalizan. No puedo repetir con precisión qué decía. No variaba mucho de lo que suele decir, y pasamos también por su pasión por las nubes que flotan. Intenté, cuando terminó un poco, hacerle ver cuanto la comprendía contandole las mías. Pero realmente no sabía como hacer para volver a ser yo. Ya que ella puede deslumbrarse así y deslumbrarme a mí ¿por qué no yo a ella, que he vivido esas cosas como pocos? Pero me temo que rara vez se las mostré, excepto un poco y por chat. Por eso importa más que nunca que vaya con ella a los lugares donde las vivo.
No puedo olvidarme de ella hablando de las cosas que más íntimas me son, con la candidez y la inocencia de quién las descubre por sí sola y nadie a su alrededor puede comprenderlas. Y que le gusta hacerlas sola. Pero estoy casi seguro de que nunca la acompañó nadie que pudiera entenderlas. Bah, estoy seguro de que sí. Conoció gente fascinante en sus viajes en Brasil, en Méjico... yo no existo. Ni siquiera puedo ir con ella a comprar chocolates al kiosco. No me da el bolsillo, no me alcanza la habilidad. Estoy incompleto. Apesto.
La acompañé hasta el instituto de inglés. Creo que nunca había querido tan desesperadamente abrazarla y no dejarla ir. Besarla, por Dios, besarla, es casi inconfesable la fuerza de ese deseo. Quiero tener para siempre todo eso que admiro en ella. Que si yo valiera, ella admiraría en mí. Pero me despedí con un beso rápido, ceremonia minúscula, casi contrariamente breve a lo que yo hubiera querido.
Me destrozó. Me senté en la plaza, rogando al cielo que un ángel me llamara y me quisiera hablar, que esas cosas que pasan en las novelas a la gente que no las busca me pasaran. Lloré, lloré. Imaginé que salía con el novio y se cruzaba conmigo. Lo imaginé sólo para disfrutar de que entonces estaría definitivamente acabado y correría hasta huir del mundo. Y lloré más.
No sabía más que hacer, entré en la redonda. Las iglesias están llenas de paz. Pero no esa. Nunca me gustó. Miraba los frívolos santos pintarrajeados en los retablos bastardos de neoclásico y barroco. No hay altares a Milay. Intenté recordarla y terminar el llanto, pero no pude. Salí de ahí flotando en sueños, sin idea de lo que pasaba. Fue entonces que fui al kiosco.
Babeé patéticamente el vaso que le serví. No aguanto más. Lo hago todo a propósito para dolerme más, para llorar, porque al menos el llanto es verdad, y es justo. Debería haber nacido en un mundo donde la mereciera, o donde no la quisiera. Vivo la peor combinación de existencias. Algunas veces me olvido, y mi existencia es vacía y feliz. Y a veces me acuerdo, y mi existencia es vacía e infeliz. Pero nunca estoy tan vivo como cuando la lloro.
¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
Volví llorando por las calles. En un quiosco pregunté si el agua mineral Villavicencio (mi bebida más amada y que más extraño generalmente) estaba a tres pesos, pero por suerte me dijeron con mirada extrañada que estaba a 1,70. Me llevé una para recuperar el agua de las lágrimas. Quería llegar hasta Siberia caminando, pero cuando me voy solo a algún lado el camino de vuelta me duele tanto...
Las 7:00 am... suena el despertador dentro de mi cabeza. El sol por la ventana. Un sueño agridulce, demasiado osado para un soñador tan frágil. Mi madre sigue recorriendo los pasillos, y esas 7 se hacen 7:30... 8:00.
A las 8 en punto se cierra la puerta de calle y me levanto como por un resorte. Vengo a la PC. Hago las cosas habituales, esperando trabajar. Pero me bloqueo. No quiero, no aguanto. No puedo trabajar, no puedo hacer nada. Así llegan las 11, las 12. Las 12:30. Entonces me cansé de escuchar el Fantasma de la Ópera, me cansé de intentar trabajar sin éxito, y me puse con atención y rabia, con dedicación, con amor y con ansiedad, con todos los sentimientos activos de que soy capaz, a ordenar mi casa. Di vuelta la cocina y la dejé casi perfecta. Empecé a acomodar el living. Desocupé todo el escritorio de mi habitación (cubierto por una pila de - no exagero - 60cm de libros por lo menos).
Antes de que pudiera terminar llegó Adam. Me llevó primero a la casa de unas compañeras de colegio que nunca llegaron a ser amigas, y después a la Óptica de su hermana, en donde entre él y su hermana intentaron sacar el mayor provecho de mí haciendome programar mucho por poca plata. No me puse de mal humor porque me encantan los desafíos y decepcionar a la gente que intenta aprovecharse: como lo entiendo, hago lo mismo, y es un juego limpio. Pero sí estoy desconforme, y tal vez no tome el trabajo: ¡¡¡Quiero plata!!! No me importa cuanto trabajo sea, quiero poder pagarle a Mariana los helados, las salidas, quiero comprar lustrapisos y decoraciones nuevas, quiero cambiar de ropa, comprar comida. Comprar otra computadora. Viajar. ¡Mudarme!
Pude volver casi a tiempo: 5:30. Mariana venía - suponía - a las 6:30. Volví a mi anterior tarea: ordenar. Dejé impecable la cocina. Lo mismo con el living. Barrí, limpié, tiré a la basura. No tienen idea (bueno, Petuk y Lau que pasaron por acá pueden hacerse alguna) de lo que significa eso en mi y en el resultado. Casi pienso que la partida de rol podría realmente hacerse acá. Así como pasé horas haciendole el dibujo, como pasé horas pensando en que hacer, como pasé horas con su trabajo práctico, trabajando para ganar plata para lo que se me va a hacer necesaria... también me puse a ordenar.
Mariana vino a las 7 menos cuarto. Puntual para sus costumbres. Otra vez fui torpe, idiota, incapaz, callado, estúpido, simulador, complaciente, obsecuente, torpe. Ups, dije torpe dos veces.
Me habló de un montón de sinsentidos un rato y yo no le podía seguir el hilo. Le mostré los dibujos de Milay y le regalé el que le correspondía a ella. Y entonces me empezó a hablar de los encantos románticos de un montón de paisajes que había visto.
Con tal entusiasmo hablaba que ya no le prestaba atención a nada más, y yo temí seguir con mis torpezas. Decidí volver a ser yo, y me calmé y la admiré con las lágrimas poco atrás de las pupilas. Hablaba de aquello que tratamos de expresar toda la vida, en todo el arte, en la ciencia, todas esas cosas que las palabras no sirven para decir, que las banalizan. No puedo repetir con precisión qué decía. No variaba mucho de lo que suele decir, y pasamos también por su pasión por las nubes que flotan. Intenté, cuando terminó un poco, hacerle ver cuanto la comprendía contandole las mías. Pero realmente no sabía como hacer para volver a ser yo. Ya que ella puede deslumbrarse así y deslumbrarme a mí ¿por qué no yo a ella, que he vivido esas cosas como pocos? Pero me temo que rara vez se las mostré, excepto un poco y por chat. Por eso importa más que nunca que vaya con ella a los lugares donde las vivo.
No puedo olvidarme de ella hablando de las cosas que más íntimas me son, con la candidez y la inocencia de quién las descubre por sí sola y nadie a su alrededor puede comprenderlas. Y que le gusta hacerlas sola. Pero estoy casi seguro de que nunca la acompañó nadie que pudiera entenderlas. Bah, estoy seguro de que sí. Conoció gente fascinante en sus viajes en Brasil, en Méjico... yo no existo. Ni siquiera puedo ir con ella a comprar chocolates al kiosco. No me da el bolsillo, no me alcanza la habilidad. Estoy incompleto. Apesto.
La acompañé hasta el instituto de inglés. Creo que nunca había querido tan desesperadamente abrazarla y no dejarla ir. Besarla, por Dios, besarla, es casi inconfesable la fuerza de ese deseo. Quiero tener para siempre todo eso que admiro en ella. Que si yo valiera, ella admiraría en mí. Pero me despedí con un beso rápido, ceremonia minúscula, casi contrariamente breve a lo que yo hubiera querido.
Me destrozó. Me senté en la plaza, rogando al cielo que un ángel me llamara y me quisiera hablar, que esas cosas que pasan en las novelas a la gente que no las busca me pasaran. Lloré, lloré. Imaginé que salía con el novio y se cruzaba conmigo. Lo imaginé sólo para disfrutar de que entonces estaría definitivamente acabado y correría hasta huir del mundo. Y lloré más.
No sabía más que hacer, entré en la redonda. Las iglesias están llenas de paz. Pero no esa. Nunca me gustó. Miraba los frívolos santos pintarrajeados en los retablos bastardos de neoclásico y barroco. No hay altares a Milay. Intenté recordarla y terminar el llanto, pero no pude. Salí de ahí flotando en sueños, sin idea de lo que pasaba. Fue entonces que fui al kiosco.
Babeé patéticamente el vaso que le serví. No aguanto más. Lo hago todo a propósito para dolerme más, para llorar, porque al menos el llanto es verdad, y es justo. Debería haber nacido en un mundo donde la mereciera, o donde no la quisiera. Vivo la peor combinación de existencias. Algunas veces me olvido, y mi existencia es vacía y feliz. Y a veces me acuerdo, y mi existencia es vacía e infeliz. Pero nunca estoy tan vivo como cuando la lloro.
¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?