Primavera
- ¿Hola!
- ¡Fernando!
Un ring poco armónico indica que la cerradura fue destrabada. El hall está vacío, cosa muy extraña. Cierro la puerta - por bloques, las tijera están prohibidas - y aprieto piso 18. No tiene versión Braille, como a esta altura esperaba.
Hay un pequeño hall con dos puertas. La de la izquierda: lo sé de memoria perfectamente. No sé si llegué a tocar el timbre.
- ¡Hola!
- Ah, hola ¡Pasá noma'! Ahí te'ta esperando.
- Gracias.
Entra el sol por la cortina del living, detrás de los sillones. Hay una larga mesa de cristal con un montón de sillas y flores minimalistas. Vale decir que toda la casa es minimalista, pero entra en ella tanto sol - o se refleja - que lo único que recuerdo es un aura de luz. Y aromas a fresco.
Hay un pasillo con puertas abiertas. La mayoría no las traspuse nunca. Sólo la anteúltima. Como es natural, a esa es a la que iba.
Al girar comprobé que la flor no se había deshojado dentro de mi palma, pero era muy frágil, como la anterior, que se deshojó tan rápido que la tuve que tirar. El problema fue al cambiarla de mano apurado, pensando que podía suceder que la derecha la tuviera que usar.
Entré en la habitación y miré a hacia la silla de la computadora, al lado de la ventana. No estaba. Hacía calor, y entraba sol dorado tiñendo el rosa de algunos adornos o los colores cálidos de las mantas. Y ahí si estaba, entre un montón de almohadones, con su liviana remera celeste y jeans.
- ¡Hola Fer!
Fiel a sus costumbres, no se movió un centímetro de entre sus almohadones. Una vez que asume una posición, no la cambia por nimiedades. Descalza en la cama, fresca al sol, sencilla como siempre, algo dormida, con sus ojos perdidos. Me incliné a saludarla y deseé horriblemente tirarme a su lado. En ese calor suave de primavera, en un lecho de flores blancas. Dejé la mochila en el suelo y me senté cerca de ella. No en el colchón, porque lo ocupaba todo. Y porque no hubiera resistido no acostarme al lado.
Mucho hablamos, de variadas cosas. Como sucede, algo oníricas todas. Pero yo veía sus pies, su piel, sus ojos en la ventana y en horizonte, con los párpados pesados, dejándome espiar a gusto. Dejándome adorarla, casi permitiendo que me tirara de rodillas a su lado, a rendirle culto para siempre. Si hablara de desnudez, resultaría exagerado. Si hablara de lujuria, resultaría inapropiado. Si dijera que no existen palabras, no diría nada nuevo.
Alguien le dijo que moriría de amor. Yo voy a morir de amor. Hablabamos de dolor físico por sentmientos y le hablé de mi dolor de desesperación. Me preguntó qué me desesperaba. No me parecía motivo de vanagloria, y lo dije con desprecio: el amor no correspondido. Pero ella me dijo que le daba envidia. Y me explicó que leyendole la mano le dijeron eso. Rápidamente evoqué a Eliphas y destruí la leyenda.
Aprendí a no matar con tanta vehemencia sus delirios infantiles. Yo sé lo que son, lo que representa. Porque los entiendo me los dice. Peco al comportarme como un filisteo.
Me deja adorarla. Sabe que la amo, que representa todo en mi vida. No hay otra explicación para lo que me dio hoy. Sabe que soy Werther a mi pesar, y me deja que adore a mi Charlotte. Y sabe que más que nada en el mundo, quiero ser Werther y vivir por ella.
Conozco el juego cuando deja su voz melancólica. Como si dos cosas me dijera. Como si me dijera que hablamos, que somos buenos amigos diciendo cosas interesantes, y en otra parte, en sus manos, acostada en su cuarto perfumado y primaveral, vestida como es ella, sencilla; jugando, acercándose a mi con total inocencia, total. En esa parte, como si me invitara a admirarla, a sentir su aroma, a perseguir los brillos en su córnea y el viento en su piel. A hablar su lenguaje de hechizos que me llevan irremediablemente a su altar.
Nunca sé si la molesto o adora mi presencia. Siempre tiene para mi una dulce indiferencia. Pero algunos gestos la traicionan, y esa indiferencia de dejarme con ella en un rincón de su cuarto se revela como una orden: ¡Adorame! Y como un gesto de confianza suprema. Un día así y viviría entre nubes, con sus alas prestadas.
Sueño con una vida así y a su lado. Ese sueño arrebata el valor a todos los demás. Es imcomparable, único. Así como es única mi diosa.
¿Quién me hará correrme de este camino, cuando mi juego es compartido?
- ¡Fernando!
Un ring poco armónico indica que la cerradura fue destrabada. El hall está vacío, cosa muy extraña. Cierro la puerta - por bloques, las tijera están prohibidas - y aprieto piso 18. No tiene versión Braille, como a esta altura esperaba.
Hay un pequeño hall con dos puertas. La de la izquierda: lo sé de memoria perfectamente. No sé si llegué a tocar el timbre.
- ¡Hola!
- Ah, hola ¡Pasá noma'! Ahí te'ta esperando.
- Gracias.
Entra el sol por la cortina del living, detrás de los sillones. Hay una larga mesa de cristal con un montón de sillas y flores minimalistas. Vale decir que toda la casa es minimalista, pero entra en ella tanto sol - o se refleja - que lo único que recuerdo es un aura de luz. Y aromas a fresco.
Hay un pasillo con puertas abiertas. La mayoría no las traspuse nunca. Sólo la anteúltima. Como es natural, a esa es a la que iba.
Al girar comprobé que la flor no se había deshojado dentro de mi palma, pero era muy frágil, como la anterior, que se deshojó tan rápido que la tuve que tirar. El problema fue al cambiarla de mano apurado, pensando que podía suceder que la derecha la tuviera que usar.
Entré en la habitación y miré a hacia la silla de la computadora, al lado de la ventana. No estaba. Hacía calor, y entraba sol dorado tiñendo el rosa de algunos adornos o los colores cálidos de las mantas. Y ahí si estaba, entre un montón de almohadones, con su liviana remera celeste y jeans.
- ¡Hola Fer!
Fiel a sus costumbres, no se movió un centímetro de entre sus almohadones. Una vez que asume una posición, no la cambia por nimiedades. Descalza en la cama, fresca al sol, sencilla como siempre, algo dormida, con sus ojos perdidos. Me incliné a saludarla y deseé horriblemente tirarme a su lado. En ese calor suave de primavera, en un lecho de flores blancas. Dejé la mochila en el suelo y me senté cerca de ella. No en el colchón, porque lo ocupaba todo. Y porque no hubiera resistido no acostarme al lado.
Mucho hablamos, de variadas cosas. Como sucede, algo oníricas todas. Pero yo veía sus pies, su piel, sus ojos en la ventana y en horizonte, con los párpados pesados, dejándome espiar a gusto. Dejándome adorarla, casi permitiendo que me tirara de rodillas a su lado, a rendirle culto para siempre. Si hablara de desnudez, resultaría exagerado. Si hablara de lujuria, resultaría inapropiado. Si dijera que no existen palabras, no diría nada nuevo.
Alguien le dijo que moriría de amor. Yo voy a morir de amor. Hablabamos de dolor físico por sentmientos y le hablé de mi dolor de desesperación. Me preguntó qué me desesperaba. No me parecía motivo de vanagloria, y lo dije con desprecio: el amor no correspondido. Pero ella me dijo que le daba envidia. Y me explicó que leyendole la mano le dijeron eso. Rápidamente evoqué a Eliphas y destruí la leyenda.
Aprendí a no matar con tanta vehemencia sus delirios infantiles. Yo sé lo que son, lo que representa. Porque los entiendo me los dice. Peco al comportarme como un filisteo.
Me deja adorarla. Sabe que la amo, que representa todo en mi vida. No hay otra explicación para lo que me dio hoy. Sabe que soy Werther a mi pesar, y me deja que adore a mi Charlotte. Y sabe que más que nada en el mundo, quiero ser Werther y vivir por ella.
Conozco el juego cuando deja su voz melancólica. Como si dos cosas me dijera. Como si me dijera que hablamos, que somos buenos amigos diciendo cosas interesantes, y en otra parte, en sus manos, acostada en su cuarto perfumado y primaveral, vestida como es ella, sencilla; jugando, acercándose a mi con total inocencia, total. En esa parte, como si me invitara a admirarla, a sentir su aroma, a perseguir los brillos en su córnea y el viento en su piel. A hablar su lenguaje de hechizos que me llevan irremediablemente a su altar.
Nunca sé si la molesto o adora mi presencia. Siempre tiene para mi una dulce indiferencia. Pero algunos gestos la traicionan, y esa indiferencia de dejarme con ella en un rincón de su cuarto se revela como una orden: ¡Adorame! Y como un gesto de confianza suprema. Un día así y viviría entre nubes, con sus alas prestadas.
Sueño con una vida así y a su lado. Ese sueño arrebata el valor a todos los demás. Es imcomparable, único. Así como es única mi diosa.
¿Quién me hará correrme de este camino, cuando mi juego es compartido?