Will ich habt ein Engel für ein Liebe moment...
Que alguien desee una cosa convierte esa cosa en deseable. Aparece entonces la cohorte de deseadores de lo ajeno. Enamorados de Julieta, cuando el único que quería a Julieta era Romeo. Ambiciosos de Roma sólo porque la ambicionó César. Mártires de la santidad sólo porque la Cruz fue la elección de Cristo. Lo que fue bueno para otros se nos antoja bueno a nosotros; mejor aún: lo que otros desearon como bueno para ellos se nos ocurre desearlo como bueno para nosotros. La manifestación de deseo hacia una cosa aumenta su poder y su imagen, cual si las representaciones mentales de lo deseable influyeran en la luz astral y torcieran las vías de la imaginación de los demás.
La intención del deseante se vuelve entonces una fuente de poder, tanto para el deseante (que es acompañado por toda la cohorte de arrastrados) como en lo deseado, que se vuelve objeto de culto. No me extrañaría, si mi historia se difundiera, oir poesías alabando el nombre de Milay: y, ¿sería por lo que ella es? No, sería por el amor que le manifesté. Lo mismo cuando los obsecuentes modernistas (Rubén Darío y compañía) alaban a Roma, o a Hércules, o lo que sea.
Lo que tiene valor (no solamente para la paga y el trabajo) es el trabajo y el tiempo de un hombre. Si un hombre pasa su vida en torno a un tema, el que haya dedicado sus años a eso le da a eso un valor ideológico enorme. Cuanto más fuerte, cuanta más dedicación; más valor, más presencia. Todo el mundo es un juego de tiempos. Lo que el hombre más ha hecho, por ejemplo, es dormir, amar, comer y trabajar. Por eso por sobre todos son los temas poéticos. El mundo se conforma como una idea, una idea de lo que es a partir de lo que fue, y que crea el presente. El deseante es el que guía esa idea, artista de historia. Igualmente no nos engañamos: todos nuestros deseos fueron condicionados por esa idea conformada en la mente universal durante tantos siglos de vivirla.
Tal es el poder del poeta, y hace recordar dos cosas. Una: el poeta siente el peso de que si su obra es mala, también se perderá una corriente de pensamiento y acción surgida de su obra. La segunda: que en verdad no tiene ningún poder, y toda su obra a sido ya pensada para el fin que alcanzará.
¿Quién distinguirá lo bueno de lo que las generaciones anteriores han deseado? ¿Debemos quebrar todas las creencias y mirar los bosques de vuelta corriendo atrás de lo que en verdad es verdadero?
El deseo tiene verdad en sí, como deseo. La concreción, el dolor, el placer, las percepciones, también tienen verdad en sí. A partir de ellas y sólo ellas podemos saber la verdad. Pero no podemos vivir los deseos de otros.
PD: Aguante Haggard. No es Tristania y le falta algo, nunca cierra del todo, pero tiene cosas que me desmayan.
La intención del deseante se vuelve entonces una fuente de poder, tanto para el deseante (que es acompañado por toda la cohorte de arrastrados) como en lo deseado, que se vuelve objeto de culto. No me extrañaría, si mi historia se difundiera, oir poesías alabando el nombre de Milay: y, ¿sería por lo que ella es? No, sería por el amor que le manifesté. Lo mismo cuando los obsecuentes modernistas (Rubén Darío y compañía) alaban a Roma, o a Hércules, o lo que sea.
Lo que tiene valor (no solamente para la paga y el trabajo) es el trabajo y el tiempo de un hombre. Si un hombre pasa su vida en torno a un tema, el que haya dedicado sus años a eso le da a eso un valor ideológico enorme. Cuanto más fuerte, cuanta más dedicación; más valor, más presencia. Todo el mundo es un juego de tiempos. Lo que el hombre más ha hecho, por ejemplo, es dormir, amar, comer y trabajar. Por eso por sobre todos son los temas poéticos. El mundo se conforma como una idea, una idea de lo que es a partir de lo que fue, y que crea el presente. El deseante es el que guía esa idea, artista de historia. Igualmente no nos engañamos: todos nuestros deseos fueron condicionados por esa idea conformada en la mente universal durante tantos siglos de vivirla.
Tal es el poder del poeta, y hace recordar dos cosas. Una: el poeta siente el peso de que si su obra es mala, también se perderá una corriente de pensamiento y acción surgida de su obra. La segunda: que en verdad no tiene ningún poder, y toda su obra a sido ya pensada para el fin que alcanzará.
¿Quién distinguirá lo bueno de lo que las generaciones anteriores han deseado? ¿Debemos quebrar todas las creencias y mirar los bosques de vuelta corriendo atrás de lo que en verdad es verdadero?
El deseo tiene verdad en sí, como deseo. La concreción, el dolor, el placer, las percepciones, también tienen verdad en sí. A partir de ellas y sólo ellas podemos saber la verdad. Pero no podemos vivir los deseos de otros.
PD: Aguante Haggard. No es Tristania y le falta algo, nunca cierra del todo, pero tiene cosas que me desmayan.