Sangre
¡Qué hermoso era el color de la sangre manando de mi dedo! Mis dedos manchados del hermoso carmesí, y el corte como una hendidura en la tierra desde la que surgiera a montones la lava.
Hoy a la mañana estaba leyendo los cuadernos que son el diario de mi Condesa. Lentamente - o a veces violentamente - me llenaba de dolor y de amor a través de sus terribles escritos, que serían de tan sinceros estremecedores para la mayoría, y lograrían quebrar a cualquiera en una decena de páginas (escribe con letra grande). El bamboleo en el que me arrastraba hacia el portal de horror o amor - lo importante es que el sentimiento sea fuerte - me fue haciendo el efecto esperado hasta que sentí una enorme piedad y lloré.
Pero entonces algo cambió, porque comencé a leer aquellas partes que se referían a mí. El amor era tan vibrante que no lo podía creer... y luego recordé sus miedos y leí en el cuaderno más reciente cómo su amor vacilaba por culpa de mi indiferencia. Traje la cuchilla y seguí leyendo con la cuchilla sobre las hojas. La dejé ahí esperando, estremeciéndome de pavor ante su filo, preguntándome si alguna vez conseguiría cortarme como no fuera en el paroxismo de la desesperación. Sin embargo lo logré, como contaré más adelante.
Seguí leyendo y devorándome por adentro, terriblemente dolorido; dolorido por el temor, dolorido por el miedo, dolorido por la desazón, temiendo el desamor que en un principio había brotado de mi mismo corazón.
Entonces me vi a mi mismo llorando, convertido en un niño muy pequeño, en el bebé que fuí. Yo era sólo un bebé frágil y lloraba, lloraba, con absoluta desesperación, sin entender nada, sin entender porqué lloraba, sino sólo el dolor. No existían mis amigos, no existía el dolor, no existía - ni como un recuerdo ni como una sombra - Mariana, ni Petuk, ni Rocio, ni nadie en absoluto. Yo estaba en mi andador, o en una silla de bebé, y había luz del día, y mis lágrimas, sin gritos, eran tan dolorosas que el mirarlas traspasaba el corazón.
Si existía alguien: mi mamá. Era suplicando por ella que lloraba. Y lloraba.
Entonces volví en mí y miré a Natasha, despojado de todos los velos. Y la amé. Me enamoré de ella como nunca de ninguna criatura. Me quedé, fascinado, leyendo sus poemas maravillosos, sintiendo su oscuridad, su paz y su sufrimiento. El miedo desapareció y fue reemplazado por el deseo de dar mi sangre y así consagrar, como nunca antes, con el mayor dolor voluntario que pudiera concebir sin matar partes de mi, haciéndome un daño irreparable. Entonces, enun segundo, con el cuchillo en la mano, mi mente estuvo limpia, y mi voz mental dijo en paz "No hay temor, no hay dolor". Y pasé el cuchillo afilado, rápido y con desición, sobre la yema del dedo índice de mi mano izquierda.
Y así lo logré. Sangre. Escribí con esa sangre lo que debía escribir. Quizás los más bellos versos posibles. Escribí que la amo, y que soy suyo.
En verdad te amo Natasha...>
1 comentario:
A decir verdad, en este momento no sé muy bien que escribir. No porque en realidad no lo sepa, sino porque siento que escribirlo en este momento lo limita.
Puedo decir verdades, como que yo también te amo. Puedo también decir que todo lo que escribiste lo siento y me llega de una manera tal que solo alguien que pueda comprender lo que significa lo que hiciste puede hacerlo. Al menos, eso creo.
Sí, realmente la sangre es preciosa y fascinante. Es pura y tan real...
Me acuerdo y...siento que sigo ahí mismo dónde dejé los rastros de mi sangre.
Ich liebe dich...
Publicar un comentario