lunes, abril 03, 2006

Sum presentialiter absens in remota

Una vez, unos años atrás, mi profesor de Catequesis nos llevó al oratorio, único lugar de paz en el colegio, profanado por mis superficiales compañeras. Allí, en una mesa cercana al sagrario, puso un cuenco con agua. Nos sentamos en los bancos del lugar, llenos como de costumbre de almohadones y libros. Entonces nos dijo que pasáramos, y escribiéramos en el agua nuestros pecados.


No recuerdo si fui yo el primero en pasar, pero es seguro que fui el que más lo sintió. Mi profesor de catequesis era un hombre muy bueno, bastante sencillo y extraordinariamente tolerante. Nunca fui muy próximo a él como a ningún otro profesor, pero conservo un grato recuerdo de quien los demás consideraban simplemente "un boludo". Dibujé, con aflicción y dolor, casi próximo al llanto, las palabras que en ese entonces oprimían mi corazón: y aunque hoy no las llamaría pecados, no era distinto el significado. Era aquello que más me dolía, aquello que me hacía detestarme, que me hacía llorar de dolor y estremecerme en la esperanza de ser amado. De ser amado aunque tan solo fuera por el mismo Amor, aquél que ellos decían que era Dios, y que es el único Dios que ilumina mi interior. Pero no creía ser amado, no creía poder serlo con aquellos pecados, y aún no creo poder serlo con mi miseria, aunque ahora sé que lo soy.


Entonces volví a mi asiento, y pasaron algunas compañeras más, especialmente las más sencillas y las menos superadas. Algunas pasaron por la nota, como si alguien tan bueno como mi profesor pudiera tener eso en cuenta. Algunas pasaron por miedo a no hacer lo que se pedía.


Y cuando nadie más quiso pasar, mi profesor nos dijo que miráramos el agua. Nos preguntó si podíamos leer nuestros pecados; si podíamos ver allí nuestro dolor, nuestro vacío y nuestra opresión. Pero el agua estaba quieta como antes. Naturalmente.


Y nos dijo: "Eso mismo sucede con sus pecados".



¡Oh, consuelo dulcísimo! ¡Oh, amor profundo! ¡Oh, final de las aflicciones! Ningún resto de los dolores empaña el paraíso. Sin olvido el amor sublima lo penado. El amor convierte la pena en alegría en su sueño de eternidad. Vean el espejo intacto, reflejando una imagen que ya no carga las imperfecciones. Ved el agua en quietud, pura y mística, reflejando la pureza aún después de haber bebido la podredumbre. No hay podredumbre para el sol, sino que el dolor dura lo que dura la noche. Lo que dura la oscuridad del alma.


Cuando la serenidad vuelve a mi océano, ¡quién sabe donde se esconden las ondas de su dolor! Ya no se ven en su fondo ni en su superficie: ya no se ven en sus costas ni bañan sus continentes. Otra vez crecen los pueblos en las orillas y brota la vida en las islas; otra vez, se agitan los peces es mis mares, y lloran mis profundidades. Otra vez hay calma en la fusión de nuestros océanos, otra vez las naves nos surcan con bondad, y los marineros agradecen nuestra estrella, y las sirenas cantan nuestra plenitud. Y por doquier el mar se enamora, y por doquier el cielo resplandece, y vuelve, y vuelve, y vuelve, y su vuelta es fervor y pasión, brillo estelar aumentado, telescopios incendiados y espacios encandilados, cosmos colmado de luz y sentido.
El mar no se desborda, el río toma su cauce y baña sus orillas, los bosques se amoldan a su caricia. Oh dolor que vuelves, oh nube de tempestad. Lloro y es mi cielo que se cubre de tormentas. Dame tus aguas tranquilas para mi serenidad...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo tengo realmente un concepto muy diferente al de la mayoría en cuanto a los supuestos "pecados". Para mí esa palabra es inexistente, y totalmente inaplicable.

Lo único que podría equipararse a eso en mi vida son cosas que hice y me arrepiento, y de vez en cuando me atormentan... Pero todo eso según las reglas de mi propio código. No me va sentirme oprimido por haber incumplido una regla impuesta por alguna pseudo-autoridad o por alguien que se cree superior a mí. Sólo me jode cuando rompo mis propias reglas.

Niégal Krúxluimid dijo...

No, no me entendiste. El post no era sobre pecados, sino sobre la sensación de culpabilidad. Los pecados son la metáfora cristiana. Estoy de acuerdo con vos en la inexistencia de pecados y la inaplicabilidad del término.

Pero cuando rompo mis propias reglas me siento culpable y eso lejos de ser provechoso o útil me hace errar más: por eso destaque la piedad y paz de que se borren esas culpas. No tengo porque sentirme culpable. Esa es la idea del post.

Anónimo dijo...

Si entendí, sólo que comenté al respecto de otra cosa... jaja.

Últimamente casi cualquier cosa me incita a hablar de casi cualquier otra.